Es invisible la mano que golpea sin moverse; la que aletea desde el fondo del corazón, asemeja una ráfaga de aire en cámara lenta, y provoca el mismo sobresalto que una taza de té al caer de la alacena. Es invisible la lágrima que rueda entonces oxidando la bisagra, dotándola de ese chirrido sutil de parquecito infantil a mediodía, de cisne viudo. Es taciturno el hollar de la gota de sal hasta la taza imaginaria que reposa en el suelo luego de la caída imposible, del aleteo presentido, del dolor real. Es invisible la mano inmóvil, pero cuánto destrozo en la agrietada textura de la memoria.
No hay comentarios:
Publicar un comentario