Los caminos empiezan y terminan en el corazón. Ahí se labran, se tuercen, se desmoronan. La vida entera es un latido que ha muerto antes de acontecer, una respiración, un aleteo que se desplaza por las venas pero en una dimensión diferente. Uno se lanza a andarlos con las manos abiertas y las va cerrando hasta que no puede sentir nada que no sea el puño apretado sobre sí mismo. Ya no podemos percibir el mundo desde las yemas de los dedos, sólo podemos aporrear el muro tratando de herirlo, de abrir una hendija para el escape. El corazón se transforma en una piedra inerte, una casa abandonada, una fe que no hay donde depositar. Y muere, lentamente, hasta que sólo es un puñado de cenizas en el viento, una mariposa fantasma que ha iniciado el regreso al sol..